miércoles, 3 de febrero de 2016

Andamios, de Mario Benedetti



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Más de una vez me siento expulsado
y con ganas
 de volver al exilio que me expulsa
 y entonces me parece
 que ya no pertenezco
 a ningún sitio, a nadie.
 ¿Será un indicio de que nunca más
 podré no ser un exiliado?…

Mario Benedetti (Pero vengo)










“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.

Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.

Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.”
 
 
Juan Gelman, desde su exilio en Roma (14-5-1980)


Como Benedetti, como tantos otros, el argentino Juan Gelman tuvo que irse de su propio país en aquellos años, no tan lejanos, en que las dictaduras militares se extendieron como un tumor por Latinoamérica. Ambos saben de lo que hablan cuando hablan del exilio.

Del exilio y, sobre todo, del desexilio (del regreso) trata la novela que hemos leído esta quincena. Mario Benedetti lo aborda desde todos los puntos de vista: el reencuentro con la familia, con los que se quedaron y sufrieron represión, con quienes se acomodaron, con la propia ciudad, con los recuerdos…

La tertulia fue especialmente emotiva gracias a la exposición de nuestra querida compañera Marita, que compartió con nosotros, –emocionándose y emocionándonos a todos en más de una ocasión-, su propia experiencia como argentina que también tuvo que salir de su país.

Hablamos del desarraigo del exilio, de los crímenes cometidos, de la sensación de derrota, que marca toda una vida… pero también de esperanza.

Marita nos leyó este maravilloso y tremendo poema suyo escrito, según nos dijo, al poco de llegar a España. Con su permiso, lo reproduzco:
 

Vendrán desde el pasado
con sus pasos menudos
los recuerdos,
las cartas clandestinas
y las palabras claves.
Vendrán desde el pasado
los rostros olvidados,
esperanzas violetas
de un ramo ya marchito
a contarnos el sabor
que nos llena la boca
con el agrio fracaso.
Vendrán desde el pasado
y estaremos aquí
esperando
esperando.

(Marita Caruso)

martes, 15 de diciembre de 2015

Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos


Después de leer Tiempo de silencio me queda la sensación de que, para sacarle todo el jugo a esta novela, necesito leerla más veces. Y no solo leer la novela, sino leer sobre ella. En primer lugar por la forma en que está escrita, con una prosa muy barroca, plagada de tecnicismos médicos, alusiones muy cultas sobre distintos temas, nuevas palabras inventadas por el autor, en ocasiones castellanizando vocablos ingleses, franceses, alemanes o latinos. He encontrado ciertos fragmentos, en este aspecto, un poco pedantes.

Ese barroquismo también se manifiesta en una gran densidad conceptual, que no siempre es fácil de seguir. En muchas páginas se me ha hecho imprescindible tener a mano el diccionario y el apoyo de Google, para poder entender lo que Martín-Santos quería expresar de manera un tanto retorcida. En unas pocas páginas, ni así (demérito mío). Y, a pesar de todo ello, tengo que decir que he disfrutado de la novela. No es solo que me haya gustado, es que, –repito-, he disfrutado.

Tiempo de silencio rompió con la novela realista y social de la posguerra. Aquellas novelas, como La colmena, estaban narradas de una manera objetiva: los autores nos mostraban la realidad, la tremenda realidad, tal cual era (aunque ya el hecho de mostrarla sin edulcorar suponía un posicionamiento).
Sin embargo, Luis Martín-Santos nos describe la realidad de una manera totalmente subjetiva, criticándola abiertamente, ironizando sobre cómo somos los españoles y preguntándose los motivos que nos hacen ser como somos. 

Se utilizan distintas técnicas narrativas, aparecen el monólogo interior y el monólogo en segunda persona, donde la subjetividad del autor es fácilmente vertida. En ocasiones, directamente aparecen reflexiones de Luis Martín-Santos sobre cuestiones culturales, históricas o sociales.

Las siguientes dos citas del autor son bastante reveladoras:

“En España hay una escuela realista, un tanto pedestre y comprometida, que es la que da el tono. Tendrá que alcanzar un mayor contenido y complejidad, si quiere escapar a una repetición monótona y sin interés.”

“Un cierto tipo de novela, "al cargarse de ideas sustituyendo al hombre por su circunstancia, ha perdido peso específico y se ha alejado de la verdad artística.”

Algunos fragmentos de Tiempo de silencio me han parecido sencillamente geniales, antológicos. Así, por ejemplo, cuando reflexiona sobre Cervantes y el Quijote:

“Cervantes, Cervantes. ¿Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza? ¿Puede haber respirado este aire tan excesivamente limpio y haber sido consciente, como su obra indica, de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? No es un hombre que pueda comprenderse a partir de la existencia con la que fue hecho. (...) ¿Qué es lo que ha querido decirnos el hombre que más sabía del hombre de su tiempo? ¿Qué significa que quien sabía que la locura no es sino la nada, el hueco, lo vacío, afirmara que solamente en la locura reposa el ser-moral del hombre?"

O la descripción que hace de Madrid, en una sola frase de más de 40 líneas:

“Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi todos sus defectos, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quinceñas, tan globalmente adquiridas para el prestigio de una dinastía, tan dotadas de tesoros -por otra parte- que puedan ser olvidados los no realizados a su tiempo, tan proyectadas sin pasión pero con concupiscencia hacia el futuro, tan desasidas de una auténtica nobleza, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué sino de un modo elemental y físico como el del campesino joven que de un salto cruza el río, tan embriagadas de sí mismas aunque en verdad el licor de que están ahítas no tenga nada de embriagador, tan insospechadamente en otro tiempo prepotentes sobre capitales extranjeras dotadas de dos catedrales y de varias colegiatas mayores y de varios palacios encantados -un palacio encantado al menos para cada siglo-, tan incapaces para hablar su idioma con la recta entonación llana que le dan los pueblos situados hacia el norte a doscientos kilómetros de ella, tan sorprendidas por la llegada de un oro que puede convertirse en piedra pero que tal vez se convierta en carrozas y troncos de caballos con gualdrapas doradas sobre fondo negro, tan carentes de una auténtica judería, tan llenas de hombres serios cuando son importantes y simpáticos cuando no son importantes, tan vueltas de espalda a toda naturaleza -por lo menos hasta que en otro sitio se inventaron el tren eléctrico y la telesilla- tan agitadas por tribunales eclesiásticos con relajación al brazo secular, tan poco visitadas por individuos auténticos de la raza nórdica, tan abundantes de torpes teólogos y faltas de excelentes místicos, tan llenas de tonadilleras y de autores de comedias de costumbres, de comedias de enredo, de comedias de capa y espada, de comedias de café, de comedias de punto de honor, de comedias de linda tapada, de comedias de bajo coturno, de comedias de salón francés, de comedias del café no de comedia dell’arte, tan abufaradas de autobuses de dos pisos que echan humo cuanto más negro mejor sobre aceras donde va la gente con gabardina los días de sol frío, que no tienen catedral.”

Y, por último, entre otros muchos ejemplos que se podían poner, un fragmento del final de la novela:

“Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. Va traqueteando y no es un avión supersónico, de los que van por la estratosfera, en los que se hace un castillo de naipes sin vibraciones a veinte mil metros de altura. Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo.”

ENLACES DE INTERÉS

Hay, en Internet, muchísimas páginas sobre Tiempo de silencio y sobre Luis Martín-Santos. Abundan los estudios sobre distintos aspectos de la novela, de todos los niveles de profundidad y erudición imaginables. Yo os recomiendo esta Guía de lectura publicada por la Diputación Foral de Guipúzcoa. Merece la pena leer todos los apartados, pero no os perdáis, como curiosidad, el que cuenta con detalle cómo las presiones políticas evitaron que Tiempo de silencio, presentada a la primera edición (y única) del Premio Pío Baroja con el título de Tiempo frustrado, y bajo el seudónimo de Luis Sepúlveda, se alzase con el galardón.

martes, 1 de diciembre de 2015

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

 

Crónicas marcianas - Ray BradburySi usted me pregunta si creo en el espíritu de las cosas usadas, le diré que sí. Ahí están todas esas cosas que sirvieron algún día para algo. Nunca podremos utilizarlas sin sentirnos incómodos. Y esas montañas, por ejemplo, tienen nombres... Nunca nos serán familiares; las bautizaremos de nuevo, pero sus verdaderos nombres son los antiguos. La gente que vio cambiar estas montañas las conocía por sus antiguos nombres. Los nombres con que bautizaremos las montañas y los canales resbalarán sobre ellos como agua sobre el lomo de un pato. Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué haremos entonces? Lo destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos a nuestra imagen y semejanza.

- No arruinaremos este planeta -dijo el capitán-. Es demasiado grande y demasiado hermoso.

-¿Cree usted que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenernos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas…

Aunque siga brillando la Luna (Crónicas marcianas)


Más que una novela, Crónicas marcianas es un conjunto de relatos a los que Ray Bradbury tuvo que dar una apariencia de unidad y continuidad, condición que le puso el editor para ser publicados conjuntamente. Su hilo conductor es la llegada del Hombre a Marte y la colonización de este planeta por parte de los terrícolas, al tiempo que la Tierra se ve inmersa en una guerra atómica.

Los relatos, bastante desiguales en extensión, narran distintas facetas de esta colonización, comenzando en 1999, con los intentos fallidos de las primeras expediciones, y abarcando hasta el año 2026.

¿Puede escribirse ciencia-ficción y utilizar un lenguaje poético? La respuesta es que sí, y así lo demuestra Ray Bradbury en muchas páginas de estos relatos, en especial, en las que describe el paisaje marciano.

Puede decirse de Bradbury que sus relatos carecen del rigor científico que sí tienen otras obras de ciencia-ficción, pero no es el rigor científico lo que busca el autor. Porque Crónicas marcianas es una especie de parábola o reflexión sobre cómo se ha comportado históricamente el Hombre cuando ha descubierto nuevos territorios. Se trata aquí de Marte, pero antes fue la conquista de América, o la del Oeste norteamericano, o la colonización de África o de Asia. Siempre nos hemos acercado a lo nuevo desde la superioridad, no desde el respeto y el deseo de entendimiento. Siempre hemos sometido. Y aun cuando las primeras intenciones pudieran ser distintas, como dice Spender en el fragmento que encabeza esta entrada: “tenemos un talento especial para arruinar las cosas”.

Son varios los temas que trata Bradbury y, casi todos, desde un punto de vista de crítica social. Desde la falta de respeto por las civilizaciones descubiertas, hasta el exceso de tecnología que, ya en 1950, el autor detectaba como factor de deshumanización (“los marcianos se detuvieron donde nosotros debíamos habernos detenido hace un siglo”, dice Spender en otro pasaje).

También critica duramente Ray Bradbury el racismo, en el capítulo Un camino a través del aire, y nos ofrece un pequeño adelanto de sus temores sobre una sociedad con una rígida censura, que no permite el arte y quema sus libros. Tres años más tarde, publicará Fahrenheit 451, pero en el relato titulado Usher II, tenemos un esbozo de esa sociedad.

No falta tampoco el humor y, como muestra, el comienzo del relato Los hombres de la Tierra, con un casi “berlanguiano” primer encuentro entre los terrícolas y un ama de casa marciana.

Otros relatos que merecen ser destacados, desde mi punto de vista, son La tercera expedición, La mañana verde, El marciano, y los cuatro últimos, sin excepción: Los pueblos silenciosos, Los largos años, Vendrán lluvias suaves y El picnic de un millón de años.

Vendrán lluvias suaves es un desgarrador relato que describe el funcionamiento automático de una casa robotizada en la Tierra durante mucho tiempo después de que sus habitantes hayan muerto por la guerra atómica. En él, Bradbury incluye este precioso poema de Sara Teasdale, que habla de lo poco que le importará a la Naturaleza que el Hombre desaparezca.

 

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Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;

y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco,

y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;

y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.

A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;

y la misma primavera, al despertarse al alba
apenas sabrá que hemos desaparecido.

(Sara Teasdale)

lunes, 16 de noviembre de 2015

Del color de la leche, de Nell Leyshon

 

“éste es mi libro y estoy escribiéndolo con mi propia mano…”

 

Del color de la leche - Nell LeyshonComo si de un mantra se tratase, la protagonista de Del color de la leche repite, al comienzo de cada capítulo, esta frase. Y también nos recuerda en cada capítulo que está escribiendo en el año de 1831, y que se llama Mary, y que puede deletrear su nombre: eme, a, erre, i griega.

No parece nada extraordinario hoy en día, pero, que en la Inglaterra rural de 1831, una niña de familia humilde, hija de granjeros, cuya vida estaba destinada solo a trabajar en el campo, aprenda a leer y a escribir, y pueda contarnos la historia de su vida, eso sí que es extraordinario. Es normal que Mary se sienta orgullosa de poder hacerlo, aunque la historia de su vida no haya sido agradable precisamente.

Mary es la menor de cuatro hermanas y no ha recibido ni una pizca de amor de sus padres. Al contrario, al duro trabajo en la granja se suman un padre cruel y una madre impasible ante el sufrimiento de sus hijas. Tan solo el abuelo, impedido ya para trabajar, parece quererla. Y tan solo para él tiene Mary gestos de cariño.

Mary es enviada a servir en la casa del vicario. Allí, su carácter decidido y su sinceridad sin filtros serán la alegría de los últimos días de vida de la esposa del vicario.

Este se ofrece para enseñar a Mary a leer y escribir, pero, como podemos leer en la contraportada del libro:

“En las escasas ocasiones en que las personas logran liberarse de las cadenas que las atan, suelen, inmediatamente después, quedar sujetas a otras nuevas.” (Elías Canetti)

Mary consigue leer y escribir, pero la historia que tiene que contarnos es terrible. Como la de tantos millones de vidas que han quedado sin contar a lo largo de la Historia.

Es Mary quien nos cuenta, pues, su historia. Nell Leyshon se ha esforzado por “desaparecer” totalmente de la novela. Así, el texto está escrito sin mayúsculas, con los signos de puntuación, a veces, cambiados, y con un lenguaje espontáneo, casi igual al hablado. Pierde un poco de credibilidad al no tener faltas de ortografía, pero pienso que el lector se olvida de ese detalle.

Sin embargo, a pesar de ese lenguaje, podríamos decir coloquial, de vez en cuando nos encontramos con una descripción o una reflexión sorprendentes. Incluso se observa una mayor elaboración en la forma de narrar a medida que avanza la novela.

“a veces tener memoria es una buena cosa, porque ahí está la historia de tu vida y sin ella no habría nada, pero otras veces tu memoria guarda cosas que preferirías no volver a saber nunca y, por mucho que intentes quitártelas de la cabeza, siempre vuelven.”

Es evidente que, no solo en la perspectiva desde la que la historia está narrada, sino, sobre todo, en el hecho de que sea la propia Mary, que acaba de aprender a leer y escribir, quien nos la cuente, radica el principal logro de la novela.

La sabiduría de Nell Leyshon ha sido quedarse en segundo plano y ceder la palabra a Mary.

jueves, 29 de octubre de 2015

La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

 

La lluvia amarilla - Julio LlamazaresHace ya doce o trece años que comentamos en La Tertulia La lluvia amarilla. Ha sido, quizá, la novela que más huella me ha dejado de cuantas hemos leído y, por ello, este año propuse que volviéramos a leerla.

Esta segunda lectura ha sido igual de placentera y, al mismo tiempo, igual de dolorosa que la primera. La historia de Andrés, –solo al final conocemos su nombre-, el último habitante, el último superviviente de Ainielle, se lee con el corazón encogido. Solo queda él, sin otra compañía que la de su fiel perra, sus recuerdos y sus muertos.

Desde el principio, la novela te atrapa. Andrés, en el último día de su vida, imagina cómo será el momento en que los habitantes de otros pueblos suban a Ainielle para buscarle y enterrarle.

Toda la novela es un monólogo del protagonista, que nos va contando cómo todas las casas del pueblo se fueron cerrando, marchando sus habitantes en busca de una vida menos sacrificada. Los pocos que quedaron, han ido muriendo. La última, su mujer, Sabina, que se suicidó dejándolo ya completamente solo.

La muerte de Ainielle es la muerte de una forma de vida que pertenece ya al pasado. Así lo han entendido los vecinos que se han ido yendo, incluido el hijo de Andrés, que se marchó en contra de la voluntad de su padre, quien veía en él la última esperanza de que su casa y, quién sabe si también el pueblo, sobreviviesen. Por eso le dice las palabras que hoy en día nos parecen tan duras y descarnadas, dichas por un padre a su hijo:

“Se lo había dicho claramente el primer día. Si se marchaba de Ainielle, si nos abandonaba y abandonaba a su destino la casa que su abuelo había levantado con tantos sacrificios, nunca más volvería a entrar en ella, nunca más volvería a ser mirado como un hijo.”

Ainielle

La lluvia amarilla, la metáfora que da título a la novela, aparece de manera recurrente. Partiendo de la imagen, más evidente, de las hojas muertas de los árboles cayendo en el otoño, la lluvia amarilla simboliza el olvido, el paso del tiempo, la decrepitud. El amarillo es el color de todo eso. Y es también el color de las fotografías cuando envejecen, de los recuerdos que se diluyen en la memoria tras tantos años. Y el color de las pesadillas, de las visiones, de la locura y el delirio que provoca la soledad.

Pero, si la historia araña el corazón, la prosa de Julio Llamazares es lo que provoca el placer del lector. Y es que cada página de La lluvia amarilla es pura poesía, pura Literatura. Paisajes, emociones, pensamientos, todo está descrito con tal belleza, que leemos la novela con el corazón herido por la tristeza de lo que se cuenta, pero aliviado por el bálsamo de la poesía.

 

EL ORIGEN DE LA LLUVIA AMARILLA

El 31 de diciembre de 1986, Julio Llamazares publicaba en el periódico El País un relato breve titulado Nochevieja en Ainielle. Fue el origen de lo que, dos años después, se convertiría en novela. Este es el relato:

--> Nochevieja en Ainielle (El País, 31-12-1986)

 

EL AINIELLE REAL

Ainielle es un pueblo del Pirineo aragonés que existió de verdad. Y existe, aunque ya hace tiempo que abandonado y en ruinas. Hace unos años, se emitió este reportaje en Televisión Española. Después de haber leído La lluvia amarilla, y haber acompañado hasta el final a su último habitante en la novela, es emocionante escuchar los testimonios de los últimos habitantes del Ainielle real.

--> Ainielle tiene memoria (reportaje emitido en TVE)

 

OTROS CLUBES DE LECTURA…

Comentarios de otros clubes de lectura que también han leído La lluvia amarilla:

--> Biblioteca de Piedras Blancas (Castrillón, Asturias)

--> Club 1001 lectores (club de lectura en Internet)

--> Club de lectura Sancho III (Nájera, La Rioja)

Este último club hizo llegar a Julio Llamazares sus comentarios y el autor les contestó lo siguiente:

Querido amigo:

Muchas gracias por su carta y por los comentarios que me envía en ella sobre La lluvia amarilla.
Aunque no lo crea, valoro mucho más éstos que los de los presuntos críticos prestigiosos.

Un saludo y recuerdos a las personas de su club.

Julio Llamazares

lunes, 19 de octubre de 2015

La vida era eso, de Carmen Amoraga

 

 
La vida era eso - Carmen AmoragasSiempre da un poco de pudor juzgar una novela que trata sobre la pérdida de un ser querido. Sobre el duelo y sobre la superación. Sobre enfermedades, como el cáncer, que, por desgracia, han padecido casi todas las familias, más lejano o más próximo.
 
Especialmente da pudor cuando la novela está basada en una historia real. Hace dos años leímos La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, escrita tras la muerte de su marido. Ahora, leemos la historia de Giuliana, basada en la experiencia de una amiga de la autora, Carmen Amoraga.
 
Curiosamente, en ambas novelas tienen cierto protagonismo las redes sociales, como si las autoras quisieran demostrar que son escritoras de “su época”. Rosa Montero introdujo en su novela el recurso del hashtag, al estilo en que se usa en Twitter, y Carmen Amoraga hace que el personaje de Giuliana utilice Facebook como cauce de desahogo de su dolor y su soledad, como instrumento de comunicación con su marido fallecido.
 
Rosa Montero hablaba en primera persona, de su propio dolor. Carmen Amoraga lo hace en tercera persona, de un dolor que no es el suyo, por más cercana que pueda sentirse de la amiga en la que se basa la historia. Desde mi punto de vista, eso se nota. El dolor no es transferible totalmente de una persona a otra, por muy cercana y querida que sea. Mi dolor es mío. Quizá también por esto, la autora hace hablar a la protagonista en primera persona cuando escribe en Facebook. Porque es consciente de que eso nos acerca un poco más a lo que puede sentir Giuliana.
 
A mi modo de ver, un acierto de Carmen Amoraga es haber reflejado a los protagonistas con sus contradicciones, con sus luces y sus sombras, sin caer en la idealización del fallecido, solo por el hecho de haber muerto. William y Giuliana son humanos y, aunque se aman, se han hecho daño, se han ocultado cosas. No ha sido un amor perfecto. Ha sido… como en la vida real.
 
Se deja leer la novela, –que por cierto, obtuvo el Premio Nadal en 2014-, pero no me ha parecido una gran novela. No he disfrutado con su lectura. No me ha importado que terminase.
 
Sin embargo, me consta que mi opinión no es compartida por muchas personas de nuestro club y es justo que lo refleje en este comentario.

martes, 6 de octubre de 2015

El guardián invisible, de Dolores Redondo

 

dolores-redondo

Comenzamos esta temporada con la primera entrega de la Trilogía del Baztán, que se completa con El legado en los huesos y Ofrenda a la tormenta.

Es en este valle navarro donde se desarrolla la novela y, en ella, la inspectora Amaia Salazar debe resolver una serie de crímenes en los que las víctimas son siempre niñas-adolescentes.

He nombrado el valle del Baztán antes que a la protagonista porque el paisaje navarro adquiere en la obra una gran importancia. No es ya solo que Dolores Redondo dedique muchas páginas a describir los bosques y montes del Baztán, sino que en la novela aparecen también personajes de la mitología vasco-navarra, supuestos habitantes de esos parajes, que, real o imaginariamente, forman parte de la trama.

La investigación lleva a la inspectora Salazar a Elizondo, la capital del valle del Baztán, que “casualmente” es su pueblo natal y donde vive su familia. La investigación se mezcla, así, con la propia historia de la protagonista, sus recuerdos y traumas de infancia, y un secreto que no ha contado ni a su propio esposo.

Parecen buenos mimbres para escribir una historia que atrape al lector. Sin embargo, y aquí viene la opinión personal, pienso que la novela, tras un buen planteamiento, flojea y mucho. El interés por la investigación se estanca, decae, en beneficio del interés por la historia personal de Amaia. Aparecen cabos que permanecen sueltos al acabar el libro. No se entiende qué pintan los personajes mitológicos, que, a ratos, parecen formar parte de la trama. El final da la sensación de haber sido escrito de urgencia o tener añadidos de última hora.

Parece, en suma, que a la autora se le ha ido de las manos su historia. No obstante, en algunas páginas me ha dejado la sensación de que podemos esperar mucho más de ella, de que aquí puede haber una buena escritora.

Sin embargo, es casi seguro que en la tertulia habrá opiniones totalmente opuestas a la mía.