lunes, 10 de octubre de 2016

Los besos en el pan, de Almudena Grandes

"Esta es la historia de muchas historias, la historia de un barrio de Madrid que se empeña en resistir, en seguir pareciéndose a sí mismo en la pupila del ojo del huracán, esa crisis que amenazó con volverlo del revés y aún no lo ha conseguido."
Como dice la autora, estamos ante una novela coral. Almudena Grandes ha querido hacer un retrato de la crisis económica y de sus consecuencias lo más amplio posible, abarcando una gran variedad de situaciones.

Sin duda, son problemas con los que estamos más que familiarizados, desgraciadamente. En mayor o menor medida, la crisis nos ha afectado a todos, bien personalmente, bien a familiares o amigos cercanos.

Aquí están reflejados el paro, los recortes en sanidad y educación, la falta de oportunidades de los jóvenes, las familias que pasaron de vivir holgadamente a tener que ajustarse el cinturón, los desahucios de viviendas, las personas mayores que confiaron los ahorros de toda una vida y se vieron engañadas... Casi todas las caras de la crisis están representadas en esta obra. Una crisis de la que, según Almudena Grandes, se reirían nuestros abuelos, aquellos que conocieron una guerra y una posguerra, los mismos que nos enseñaron a recoger el pan del suelo cuando se caía y, en lugar de tirarlo a la basura, darle un beso.

En todas las novelas en las que hay muchos personajes e historias se corre el riego de dispersar la atención y el interés del lector, o de que éste se encariñe solo con uno o varios personajes en concreto. Sin embargo, si la novela está bien trenzada, el autor consigue dibujar un mosaico de una época, de un lugar, de una sociedad. Si Almudena Grandes lo ha conseguido o no en Los besos en el pan será lo que debatiremos en nuestra tertulia de mañana.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Lecturas 1er. trimestre 2016-2017



Parafraseando a Joaquín Sabina (más o menos): "el verano duró lo que tarda en llegar el otoño". Y, así, una temporada más, nuestro club se ha reunido a finales de septiembre para retomar las lecturas, las tertulias, y, lo que es más importante, para reencontrarnos tras el verano.

En esta primera reunión dimos la bienvenida a dos nuevas compañeras, Amparo y María, a las que deseamos que se queden muchas temporadas con nosotros.

Tras recordar, una vez más, las normas de funcionamiento del club de lectura, quedaron fijadas las lecturas de este primer trimestre, en el que leeremos varios libros relacionados con la música.

El calendario de lecturas, salvo modificaciones, quedó como sigue (queda por confirmar la última reunión del año, que debería ser el 6 de diciembre pero es festivo):



FECHA
TÍTULO
AUTOR
11-Oct-2016
Los besos en el pan
Almudena Grandes
25-Oct-2016
El cielo ha vuelto
Clara Sánchez
08-Nov-2016
Matar a un ruiseñor
Harper Lee
22-Nov-2016
Instrumental
James Rhodes
¿07-Dic-2016?
El pianista del gueto de Varsovia
Wladyslaw Szpilman

miércoles, 15 de junio de 2016

Resumen de la temporada 2015-2016



Las lecturas de esta temporada comenzaron allá a principios de octubre. ¿Recordáis? En esos días, acompañábamos a la inspectora Amaia Salazar al valle del Baztán a esclarecer una serie de asesinatos de adolescentes. Nos quedamos con unos paisajes maravillosamente descritos por Dolores Redondo, pero en El Guardián Invisible a la inspectora Salazar se lo pusieron demasiado fácil. Acordaos, se trataba de su pueblo, de su familia… ¡qué casualidad!

Un poco decepcionados, -como casi siempre por los best sellers-, nos enfrentamos a algo mucho más real, por desgracia. Carmen Amoraga, en La vida era eso, nos trajo una novela basada en la experiencia de una amiga que había perdido a su marido. El duelo, los recuerdos, la dificultad de dejar irse a quien ya se fue para siempre, ser capaz de seguir adelante. Quizá no sea una gran novela pero sí una historia en la que cualquiera se puede reconocer.

Y de la pérdida de un ser querido pasamos a la pérdida de todo un pueblo, más aún, a la muerte de una forma de vida. La segunda lectura de La lluvia amarilla, de Julio Llamazares nos dejó por un lado el corazón encogido por el destino de Andrés y de todos los habitantes de Ainielle. Pero, por otra parte, la maravillosa prosa de Llamazares fue un bálsamo para poder disfrutar de esta grandísima novela. 

Ya mediado el mes de noviembre leímos Del color de la leche, de Nell Leyshon, aunque esta autora hizo un esfuerzo por apartarse de la historia y ceder la voz narradora a Mary, el color de cuyo pelo da título a la novela: “este es mi libro y estoy escribiéndolo con mi propia mano”, ¿recordáis?
Mary, criada con dureza por sus padres, va a servir a casa del vicario, quien la enseña a leer y escribir. Por eso puede escribir la historia de su vida, aunque ésta, así como su final, es terrible. A pesar de que la novela nos gustó bastante, nos quedamos con una sombra de pesimismo. ¿Será verdad la frase que decía que:
“en las escasas ocasiones en que las personas logran liberarse de las cadenas que las atan, suelen, inmediatamente después, quedar sujetas a otras nuevas”?

En diciembre leímos un clásico de la ciencia-ficción: Crónicas marcianas, de Ray Bradbury. Se trata de una maravillosa colección de relatos sobre la colonización de Marte por los humanos. Tras devastar el Tercer Planeta con una guerra nuclear, los seres humanos viajan al Cuarto (en el Primero y en el Segundo hace demasiado calor). Allí, habiendo aprendido y escarmentado de errores anteriores, llegarán humildemente para aprender de la sabiduría de los marcianos y comenzar una nueva vida en armonía con la Naturaleza. ¿O quizá no era así? Ray Bradbury, desde luego, no es tan optimista:
 Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenernos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas…”
En cualquier caso, una lectura que se puede recomendar sin temor a equivocarse.

Un poco más hay que pensarse el recomendar la lectura de Tiempo de silencio, de Luís Martín Santos. Se trata de una de las novelas españolas de la segunda mitad del siglo XX más reconocidas, pero, desde luego, su lectura no es nada sencilla. Se requiere una vasta cultura, una enciclopedia al lado, o un buscador de Internet para poder comprender las ilustradas referencias que hace el autor a los más diversos temas. Sin embargo, personalmente, disfruté de su lectura, aunque me exigiese un gran esfuerzo.

Y, en Navidad, a caballo entre 2015 y 2016, entre el Centenario de la Segunda Parte de El Quijote, y el Centenario de la muerte de Cervantes, leímos El Quijote. Concretamente, la Segunda Parte, aunque hubo quien aprovechó para leerlo entero nuevamente. ¡Pero, amigos!, esta vez afrontamos la lectura habiendo escuchado y disfrutado previamente las sabias y apasionadas palabras de nuestra compañera María Antonia. ¡Cómo olvidar aquella tarde de diciembre en que nos contagió, una vez más, su pasión por la mejor y más innovadora novela de todos los tiempos!

Ya en enero leímos Andamios. De la mano de Mario Benedetti y de la experiencia personal de Marita reflexionamos sobre el drama de los represaliados políticos y los exiliados. Los que fueron asesinados por las dictaduras y los que lograron huir y pudieron volver para comprobar que ya no saben bien a qué país pertenecen. Como si, -en palabras de Benedetti-, “nunca más pudieran dejar de ser exiliados”.

Dos novelas con protagonistas africanas hemos leído este año: El pez dorado, de Jean Marie Gustave Le Clezio, y  Las que aguardan,  de Fatou Diome. En el primer caso, la historia de Laila, niña marroquí raptada y vendida como esclava que, posteriormente, emigra ilegalmente a París, y en el segundo, el punto de vista de las madres y esposas que se quedan en Senegal mientras sus seres queridos se juegan la vida para llegar a Europa. En ambas ocasiones contamos con la presencia de Sandra Guarinos y con los testimonios de dos inmigrantes africanos, Mohamed, de Mali, y Buba, de Senegal, que compartieron con nosotros sus muy distintas peripecias personales. Sin duda serán dos tertulias que nunca olvidaremos.

Parece que este año, sin pretenderlo, hemos abordado el tema de la emigración desde múltiples puntos de vista. En El balcón en invierno, de Luis Landero, el autor se sumerge en sus recuerdos personales de infancia y juventud, formando parte de una familia extremeña que marchó a Madrid en busca de un mejor futuro. Un libro en el que, según le promete Landero a su madre: “Esta vez no hay mentiras. Es un libro en el que todo lo que se dice es verdad”.

Y una semana antes de la primavera llegó la poesía, con la relectura de La vida, del murciano  Eloy Sánchez Rosillo. Poemas sobre el paso del tiempo, la pérdida de la juventud, pero también sobre la luz, el verano, el momento, el detalle que hace que un día gris se convierta en un día maravilloso y te inunde de gratitud. Pero, hay que ir por la vida bien atento porque
“No se puede prever. Sucede siempre / cuando menos te lo esperas. […]”


De Murcia a Darlington Hall, en Inglaterra. ¿Lo normal, no? Leímos una novela que la mayoría hemos conocido antes en su versión cinematográfica: Los restos del día, de Kazuo Ishiguro. La historia, -con minúscula-, del mayordomo Mr. Stevens y el amor que pudo ser con Miss Kenton, el ama de llaves, con el trasfondo de la Historia, -con mayúsculas-, que se estaba escribiendo en los salones de Darlington Hall durante los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

Como nos había salido demasiado inglés el señor Ishiguro, insistimos con los japoneses, concretamente con Haruki Murakami, que últimamente está siempre en las quinielas del Premio Nobel, pero, de momento, no hay manera. La historia de Watanabe, Naoko y Midori sí que nos llevó, -por fin-, a Japón, concretamente al Tokio de los años 60. Gente rara estos japoneses, o, al menos, los protagonistas  de Tokio Blues.

Y de la isla de Honshu, donde está Tokio, a otra Isla. La de Eloy Moreno en El Regalo. Este joven escritor nos visitó en mayo y causó muy buena impresión. Sin embargo, la opinión mayoritaria fue la de que la novela está por debajo de la ilusión y tenacidad de su autor.

Philip Marlowe siempre viene a  poner las cosas en su sitio cuando un detective de nuevo cuño mete las narices en nuestro club. Ocurrió con Pomponio Flato y ha ocurrido con la inspectora Amaia Salazar. En mayo leímos El sueño eterno, la primera novela en la que Raymond Chandler nos presenta una aventura del que es uno de los detectives más famosos de la Literatura. Y es que, por mucho que se modernice el arquetipo, nuestra imagen del detective siempre será la del tipo solitario, descreído, justo, ingenioso, con éxito entre las mujeres, pero, por supuesto, soltero.

EPÍLOGO

Un año como este, con tantas señales de los cielos, el color de la leche del pelo de Mary, la importancia de la harina del obrador de la familia Salazar, el blanco invierno del balcón de Landero… tanta blancura solo podía significar una cosa. Y es que, en 2016 pudimos volver a decir aquello de:

¿Y el Madrid, qué, otra vez campeón de Europa, no?

lunes, 29 de febrero de 2016

El balcón en invierno, de Luis Landero



En el incio del proceso de escritura de una nueva novela, Landero se confiesa cansado de la ficción literaria y sin ánimo para acometer la ardua tarea de creación de una nueva historia.

"... al releer lo escrito, donde esperaba encontrar el fulgor de lo ardoroso y de lo nuevo, encontré solo baratijas sentimentales, remedo de antiguas emociones, rebañaduras de viejos festines, el brillo rutinario de algún hallazgo que proclamaba en sus pretensiones estéticas la insincenridad de lo que se escribe con oficio más que con devoción."

Asomado al balcón, "ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida", el autor rememora un anochecer del verano de 1964, también en el balcón, junto a su madre. Es el verdadero comienzo de El balcón en invierno. Landero ha decidido que escribirá sobre su propia vida, sobre sus orígenes, sus antepasados, su adolescencia y juventud. Nada más alejado de la ficción que la propia vida:

"No, esta vez no hay mentiras. Es un libro donde todo lo que se dice es verdad."

Así, el proyecto de novela se transforma en un álbum de fotos literario en el que acompañamos al autor en un viaje por su memoria. Un viaje desordenado, como son los baúles de los recuerdos, en el que tan pronto avanzamos como retrocedemos en el tiempo: sus orígenes campesinos, la relación con su padre, sus recuerdos de infancia y adolescencia, los parientes y antepasados, su descubrimiento de la poesía y la literatura... Todo ello salpicado de numerosas reflexiones y contado con la maravillosa prosa del escritor extremeño.

Las evocaciones y los recuerdos de Landero tienen la virtud de producir en el lector una especie de "desdoblamiento", pues, inevitablemente, la atención se distrae y se encuentra, de repente, inmersa en los recuerdos, en la infancia, en los antepasados y en los orígenes propios, no tan distintos, en algunos aspectos, de los del autor.

OTRAS OPINIONES


-> El País: Crítica en de "El balcón en invierno"

-> Blog El Placer de la Lectura: Reseña de "El balcón en invierno" 

miércoles, 3 de febrero de 2016

Andamios, de Mario Benedetti



http://i1179.photobucket.com/albums/x389/pablo19872/mario-benedetti-w1.jpg


Más de una vez me siento expulsado
y con ganas
 de volver al exilio que me expulsa
 y entonces me parece
 que ya no pertenezco
 a ningún sitio, a nadie.
 ¿Será un indicio de que nunca más
 podré no ser un exiliado?…

Mario Benedetti (Pero vengo)










“No debiera arrancarse a la gente de su tierra o país, no a la fuerza. La gente queda dolorida, la tierra queda dolorida.

Nacemos y nos cortan el cordón umbilical. Nos destierran y nadie nos corta la memoria, la lengua, las calores. Tenemos que aprender a vivir como el clavel del aire, propiamente del aire.

Soy una planta monstruosa. Mis raíces están a miles de kilómetros de mí y no nos ata un tallo, nos separan dos mares y un océano. El sol me mira cuando ellas respiran en la noche, duelen de noche bajo el sol.”
 
 
Juan Gelman, desde su exilio en Roma (14-5-1980)


Como Benedetti, como tantos otros, el argentino Juan Gelman tuvo que irse de su propio país en aquellos años, no tan lejanos, en que las dictaduras militares se extendieron como un tumor por Latinoamérica. Ambos saben de lo que hablan cuando hablan del exilio.

Del exilio y, sobre todo, del desexilio (del regreso) trata la novela que hemos leído esta quincena. Mario Benedetti lo aborda desde todos los puntos de vista: el reencuentro con la familia, con los que se quedaron y sufrieron represión, con quienes se acomodaron, con la propia ciudad, con los recuerdos…

La tertulia fue especialmente emotiva gracias a la exposición de nuestra querida compañera Marita, que compartió con nosotros, –emocionándose y emocionándonos a todos en más de una ocasión-, su propia experiencia como argentina que también tuvo que salir de su país.

Hablamos del desarraigo del exilio, de los crímenes cometidos, de la sensación de derrota, que marca toda una vida… pero también de esperanza.

Marita nos leyó este maravilloso y tremendo poema suyo escrito, según nos dijo, al poco de llegar a España. Con su permiso, lo reproduzco:
 

Vendrán desde el pasado
con sus pasos menudos
los recuerdos,
las cartas clandestinas
y las palabras claves.
Vendrán desde el pasado
los rostros olvidados,
esperanzas violetas
de un ramo ya marchito
a contarnos el sabor
que nos llena la boca
con el agrio fracaso.
Vendrán desde el pasado
y estaremos aquí
esperando
esperando.

(Marita Caruso)

martes, 15 de diciembre de 2015

Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos


Después de leer Tiempo de silencio me queda la sensación de que, para sacarle todo el jugo a esta novela, necesito leerla más veces. Y no solo leer la novela, sino leer sobre ella. En primer lugar por la forma en que está escrita, con una prosa muy barroca, plagada de tecnicismos médicos, alusiones muy cultas sobre distintos temas, nuevas palabras inventadas por el autor, en ocasiones castellanizando vocablos ingleses, franceses, alemanes o latinos. He encontrado ciertos fragmentos, en este aspecto, un poco pedantes.

Ese barroquismo también se manifiesta en una gran densidad conceptual, que no siempre es fácil de seguir. En muchas páginas se me ha hecho imprescindible tener a mano el diccionario y el apoyo de Google, para poder entender lo que Martín-Santos quería expresar de manera un tanto retorcida. En unas pocas páginas, ni así (demérito mío). Y, a pesar de todo ello, tengo que decir que he disfrutado de la novela. No es solo que me haya gustado, es que, –repito-, he disfrutado.

Tiempo de silencio rompió con la novela realista y social de la posguerra. Aquellas novelas, como La colmena, estaban narradas de una manera objetiva: los autores nos mostraban la realidad, la tremenda realidad, tal cual era (aunque ya el hecho de mostrarla sin edulcorar suponía un posicionamiento).
Sin embargo, Luis Martín-Santos nos describe la realidad de una manera totalmente subjetiva, criticándola abiertamente, ironizando sobre cómo somos los españoles y preguntándose los motivos que nos hacen ser como somos. 

Se utilizan distintas técnicas narrativas, aparecen el monólogo interior y el monólogo en segunda persona, donde la subjetividad del autor es fácilmente vertida. En ocasiones, directamente aparecen reflexiones de Luis Martín-Santos sobre cuestiones culturales, históricas o sociales.

Las siguientes dos citas del autor son bastante reveladoras:

“En España hay una escuela realista, un tanto pedestre y comprometida, que es la que da el tono. Tendrá que alcanzar un mayor contenido y complejidad, si quiere escapar a una repetición monótona y sin interés.”

“Un cierto tipo de novela, "al cargarse de ideas sustituyendo al hombre por su circunstancia, ha perdido peso específico y se ha alejado de la verdad artística.”

Algunos fragmentos de Tiempo de silencio me han parecido sencillamente geniales, antológicos. Así, por ejemplo, cuando reflexiona sobre Cervantes y el Quijote:

“Cervantes, Cervantes. ¿Puede realmente haber existido en semejante pueblo, en tal ciudad como ésta, en tales calles insignificantes y vulgares un hombre que tuviera esa visión de lo humano, esa creencia en la libertad, esa melancolía desengañada tan lejana de todo heroísmo como de toda exageración, de todo fanatismo como de toda certeza? ¿Puede haber respirado este aire tan excesivamente limpio y haber sido consciente, como su obra indica, de la naturaleza de la sociedad en la que se veía obligado a cobrar impuestos, matar turcos, perder manos, solicitar favores, poblar cárceles y escribir un libro que únicamente había de hacer reír? ¿Por qué hubo de hacer reír el hombre que más melancólicamente haya llevado una cabeza serena sobre unos hombros vencidos? ¿Qué es lo que realmente él quería hacer? ¿Renovar la forma de la novela, penetrar el alma mezquina de sus semejantes, burlarse del monstruoso país, ganar dinero, mucho dinero, más dinero para dejar de estar tan amargado como la recaudación de alcabalas puede amargar a un hombre? No es un hombre que pueda comprenderse a partir de la existencia con la que fue hecho. (...) ¿Qué es lo que ha querido decirnos el hombre que más sabía del hombre de su tiempo? ¿Qué significa que quien sabía que la locura no es sino la nada, el hueco, lo vacío, afirmara que solamente en la locura reposa el ser-moral del hombre?"

O la descripción que hace de Madrid, en una sola frase de más de 40 líneas:

“Hay ciudades tan descabaladas, tan faltas de sustancia histórica, tan traídas y llevadas por gobernantes arbitrarios, tan caprichosamente edificadas en desiertos, tan parcamente pobladas por una continuidad aprehensible de familias, tan lejanas de un mar o de un río, tan ostentosas en el reparto de su menguada pobreza, tan favorecidas por un cielo espléndido que hace olvidar casi todos sus defectos, tan ingenuamente contentas de sí mismas al modo de las mozas quinceñas, tan globalmente adquiridas para el prestigio de una dinastía, tan dotadas de tesoros -por otra parte- que puedan ser olvidados los no realizados a su tiempo, tan proyectadas sin pasión pero con concupiscencia hacia el futuro, tan desasidas de una auténtica nobleza, tan pobladas de un pueblo achulapado, tan heroicas en ocasiones sin que se sepa a ciencia cierta por qué sino de un modo elemental y físico como el del campesino joven que de un salto cruza el río, tan embriagadas de sí mismas aunque en verdad el licor de que están ahítas no tenga nada de embriagador, tan insospechadamente en otro tiempo prepotentes sobre capitales extranjeras dotadas de dos catedrales y de varias colegiatas mayores y de varios palacios encantados -un palacio encantado al menos para cada siglo-, tan incapaces para hablar su idioma con la recta entonación llana que le dan los pueblos situados hacia el norte a doscientos kilómetros de ella, tan sorprendidas por la llegada de un oro que puede convertirse en piedra pero que tal vez se convierta en carrozas y troncos de caballos con gualdrapas doradas sobre fondo negro, tan carentes de una auténtica judería, tan llenas de hombres serios cuando son importantes y simpáticos cuando no son importantes, tan vueltas de espalda a toda naturaleza -por lo menos hasta que en otro sitio se inventaron el tren eléctrico y la telesilla- tan agitadas por tribunales eclesiásticos con relajación al brazo secular, tan poco visitadas por individuos auténticos de la raza nórdica, tan abundantes de torpes teólogos y faltas de excelentes místicos, tan llenas de tonadilleras y de autores de comedias de costumbres, de comedias de enredo, de comedias de capa y espada, de comedias de café, de comedias de punto de honor, de comedias de linda tapada, de comedias de bajo coturno, de comedias de salón francés, de comedias del café no de comedia dell’arte, tan abufaradas de autobuses de dos pisos que echan humo cuanto más negro mejor sobre aceras donde va la gente con gabardina los días de sol frío, que no tienen catedral.”

Y, por último, entre otros muchos ejemplos que se podían poner, un fragmento del final de la novela:

“Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. Va traqueteando y no es un avión supersónico, de los que van por la estratosfera, en los que se hace un castillo de naipes sin vibraciones a veinte mil metros de altura. Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo.”

ENLACES DE INTERÉS

Hay, en Internet, muchísimas páginas sobre Tiempo de silencio y sobre Luis Martín-Santos. Abundan los estudios sobre distintos aspectos de la novela, de todos los niveles de profundidad y erudición imaginables. Yo os recomiendo esta Guía de lectura publicada por la Diputación Foral de Guipúzcoa. Merece la pena leer todos los apartados, pero no os perdáis, como curiosidad, el que cuenta con detalle cómo las presiones políticas evitaron que Tiempo de silencio, presentada a la primera edición (y única) del Premio Pío Baroja con el título de Tiempo frustrado, y bajo el seudónimo de Luis Sepúlveda, se alzase con el galardón.

martes, 1 de diciembre de 2015

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

 

Crónicas marcianas - Ray BradburySi usted me pregunta si creo en el espíritu de las cosas usadas, le diré que sí. Ahí están todas esas cosas que sirvieron algún día para algo. Nunca podremos utilizarlas sin sentirnos incómodos. Y esas montañas, por ejemplo, tienen nombres... Nunca nos serán familiares; las bautizaremos de nuevo, pero sus verdaderos nombres son los antiguos. La gente que vio cambiar estas montañas las conocía por sus antiguos nombres. Los nombres con que bautizaremos las montañas y los canales resbalarán sobre ellos como agua sobre el lomo de un pato. Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué haremos entonces? Lo destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos a nuestra imagen y semejanza.

- No arruinaremos este planeta -dijo el capitán-. Es demasiado grande y demasiado hermoso.

-¿Cree usted que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenernos un talento especial para arruinar las cosas grandes y hermosas…

Aunque siga brillando la Luna (Crónicas marcianas)


Más que una novela, Crónicas marcianas es un conjunto de relatos a los que Ray Bradbury tuvo que dar una apariencia de unidad y continuidad, condición que le puso el editor para ser publicados conjuntamente. Su hilo conductor es la llegada del Hombre a Marte y la colonización de este planeta por parte de los terrícolas, al tiempo que la Tierra se ve inmersa en una guerra atómica.

Los relatos, bastante desiguales en extensión, narran distintas facetas de esta colonización, comenzando en 1999, con los intentos fallidos de las primeras expediciones, y abarcando hasta el año 2026.

¿Puede escribirse ciencia-ficción y utilizar un lenguaje poético? La respuesta es que sí, y así lo demuestra Ray Bradbury en muchas páginas de estos relatos, en especial, en las que describe el paisaje marciano.

Puede decirse de Bradbury que sus relatos carecen del rigor científico que sí tienen otras obras de ciencia-ficción, pero no es el rigor científico lo que busca el autor. Porque Crónicas marcianas es una especie de parábola o reflexión sobre cómo se ha comportado históricamente el Hombre cuando ha descubierto nuevos territorios. Se trata aquí de Marte, pero antes fue la conquista de América, o la del Oeste norteamericano, o la colonización de África o de Asia. Siempre nos hemos acercado a lo nuevo desde la superioridad, no desde el respeto y el deseo de entendimiento. Siempre hemos sometido. Y aun cuando las primeras intenciones pudieran ser distintas, como dice Spender en el fragmento que encabeza esta entrada: “tenemos un talento especial para arruinar las cosas”.

Son varios los temas que trata Bradbury y, casi todos, desde un punto de vista de crítica social. Desde la falta de respeto por las civilizaciones descubiertas, hasta el exceso de tecnología que, ya en 1950, el autor detectaba como factor de deshumanización (“los marcianos se detuvieron donde nosotros debíamos habernos detenido hace un siglo”, dice Spender en otro pasaje).

También critica duramente Ray Bradbury el racismo, en el capítulo Un camino a través del aire, y nos ofrece un pequeño adelanto de sus temores sobre una sociedad con una rígida censura, que no permite el arte y quema sus libros. Tres años más tarde, publicará Fahrenheit 451, pero en el relato titulado Usher II, tenemos un esbozo de esa sociedad.

No falta tampoco el humor y, como muestra, el comienzo del relato Los hombres de la Tierra, con un casi “berlanguiano” primer encuentro entre los terrícolas y un ama de casa marciana.

Otros relatos que merecen ser destacados, desde mi punto de vista, son La tercera expedición, La mañana verde, El marciano, y los cuatro últimos, sin excepción: Los pueblos silenciosos, Los largos años, Vendrán lluvias suaves y El picnic de un millón de años.

Vendrán lluvias suaves es un desgarrador relato que describe el funcionamiento automático de una casa robotizada en la Tierra durante mucho tiempo después de que sus habitantes hayan muerto por la guerra atómica. En él, Bradbury incluye este precioso poema de Sara Teasdale, que habla de lo poco que le importará a la Naturaleza que el Hombre desaparezca.

 

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Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;

y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco,

y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;

y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesará que haya terminado.

A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;

y la misma primavera, al despertarse al alba
apenas sabrá que hemos desaparecido.

(Sara Teasdale)